La noche que ardió Santander, de @yeix

Capítulo 1: Viento sur

El viento sur llegó a Santander como llegan las malas noticias: de golpe y sin pedir permiso. A media tarde ya había tumbado dos andamios en la calle de la Blanca y arrancado media docena de tejas que se estrellaron contra los adoquines como platos en una boda.

Elvira cerró los postigos de la notaría de don Anselmo a las siete en punto, como cada día. Le temblaban los dedos, pero no de frío: en febrero el viento sur trae un calor raro, de verano equivocado, que pone a la gente de mal humor y a los perros a ladrar sin motivo.

—Hoy no duerme nadie —dijo la portera desde su garita, con el rosario en una mano y el brasero apagado a los pies.

Elvira subió hasta el desván donde vivía de prestado. Allí la esperaba Tinto, el gato negro de don Anselmo, que hacía semanas que había decidido que ella le gustaba más que su dueño. Se le subió al regazo en cuanto se sentó y se quedó mirando la ventana con las orejas hacia atrás.

—¿Tú también lo notas? —le preguntó.

Tinto no contestó, claro. Pero no dejó de mirar.

Poco antes de la medianoche, el olor entró por las rendijas. No era olor a chimenea ni a castañas. Era un olor espeso, a madera vieja y a algo más, algo dulzón y químico que se le pegó a la garganta.

Se asomó. Hacia la calle Cádiz, el cielo tenía un color que no había visto nunca: naranja por debajo, negro por arriba, como una herida mal cerrada. Y el viento, ese viento terco, empujaba las chispas tejado sobre tejado, hacia el centro, hacia ellos.

Bajó corriendo con el gato en brazos. En el portal ya había vecinos en camisón, con maletas a medio cerrar y niños envueltos en mantas. Alguien gritaba que los bomberos no daban abasto, que el agua no llegaba, que el fuego saltaba las calles como si tuviera piernas.

Entonces se acordó de las llaves.

Don Anselmo estaba en Burgos, en el entierro de su hermana. Antes de irse le había dejado las llaves de la notaría y una sola instrucción, repetida tres veces en el andén: «Pase lo que pase, el armario de hierro no se abre. Y si hay que abrirlo, se salva la carpeta azul».

Elvira no sabía qué había en la carpeta azul. Nunca había preguntado. En una ciudad donde todavía se hablaba bajito y se miraba por encima del hombro, una mecanógrafa de diecinueve años aprendía pronto que preguntar salía caro.

El humo ya bajaba por la escalera cuando volvió a entrar. Dejó a Tinto en el suelo del despacho y abrió el armario de hierro con dedos torpes. Dentro había escrituras, testamentos, poderes. Y la carpeta azul.

La abrió. No pudo evitarlo.

No eran escrituras. Eran cartas. Decenas de cartas sin enviar, todas con la letra apretada de don Anselmo, todas dirigidas a gente con apellidos que Elvira había oído en voz baja en la cola del pan: gente que se fue en el 37, gente que no volvió, gente de la que ya no se hablaba.

Fuera, un cristal estalló por el calor.

Tinto maulló una sola vez, largo y agudo, desde la puerta.

Elvira tuvo un segundo para decidir. La carpeta azul pesaba muy poco y pesaba muchísimo. El gato pesaba cuatro kilos y ni siquiera era suyo.

Se metió la carpeta bajo el abrigo, agarró al gato contra el pecho y salió a la calle justo cuando el tejado de enfrente se vino abajo en una lluvia de brasas.

Corrió hacia el muelle sin mirar atrás. A su alrededor, la ciudad vieja ardía entera, con sus soportales, sus tabernas y sus secretos, y el viento sur seguía soplando como si quisiera llevarse también el recuerdo.

Al amanecer, sentada en un noray con el gato dormido sobre las rodillas, Elvira abrió el abrigo y comprobó que la carpeta seguía allí.

Todavía no sabía qué iba a hacer con ella.

Pero ya sabía que no iba a dejar que nadie la quemara.